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Vida Pastoral

Un Testigo y Misionero Ejemplar



Otra sorpresa del papa Francisco” tituló una publicación española en el artículo referente a la Carta apostólica en forma de Motu proprio Maiorem hac dilectionem (publicada en julio de 2017). Contiene, en efecto, una sorpresa o novedad de mucho interés: la modificación de las normas vigentes para los procesos de canonización.

La carta comienza citando Jn 15, 13: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”. Basándose en este texto evangélico, el Papa añade a los dos criterios tradicionales para fundamentar los procesos de canonización (martirio o muerte por odio a la fe y práctica heroica de las virtudes cristianas) un tercero: el ofrecimiento de la vida, aplicable a aquellos cristianos que, siguiendo más de cerca los pasos y las enseñanzas de Jesús, han ofrecido voluntaria y libremente su vida por amor a los demás y han perseverado hasta la muerte en este propósito. Al leer el texto uno piensa de inmediato en figuras como la Madre Teresa de Calcuta, cuyo proceso de beatificación inició Juan Pablo II ya a los dos años de su muerte, también por encima de las normas vigentes, y que Francisco canonizó solemnemente el 4 de septiembre de 2016, subrayando que ella “hizo sentir su voz a los poderosos de la tierra para que reconocieran sus culpas frente a los crímenes de la pobreza creada por ellos mismos”. Indicaba así, con claridad, que el criterio fundamental para proclamar

la santidad de Madre Teresa fue el ofrecimiento de su vida entregada generosa e incansablemente al servicio de los más pobres. Un criterio de santidad y autenticidad de vida cristiana netamente evangélico y que han señalado ya repetida y claramente las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, algunos de cuyos textos más significativos es oportuno recordar: “La evangelización de los pobres fue para Jesús uno de los signos mesiánicos y será también, para nosotros, signo de autenticidad evangélica” (Documento de Puebla 1130); “el servicio a los pobres es la medida privilegiada aunque no excluyente, de nuestro seguimiento de Cristo” (1145).


“El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo…. La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino” (Documento de Aparecida 257). “De nuestra fe en Cristo, brota también la solidaridad como actitud permanente de encuentro, hermandad y servicio, que ha de manifestarse en opciones y gestos visibles… El servicio de caridad de la Iglesia entre los pobres “es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral” (394).

“Se nos pide dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la transformación de su situación (397). Releída así en las Iglesias de América Latina, las nuevas normas relativas a los procesos de canonización pueden y deben iluminar algunos casos concretos de Siervos de Dios cuyo proceso se ha iniciado recientemente y que se distinguieron sin duda por un generoso y constante ofrecimiento de su vida al servicio de los más pobres. Como el P. Moisés González Crespo, sacerdote agustino misionero en Tolé (Panamá), cuyo proceso de beatificación, en su fase diocesana, fue clausurado el 18 de diciembre de 2018. Durante el mismo, se recogieron numerosos testimonios que nos permiten conocer mejor quién era el P. Moisés, cómo vivió su servicio pastoral y, sobre todo, la riqueza de su fe y de su espiritualidad.

El P. Moisés nació en la provincia española de León, e ingresó aún adolescente en el Seminario menor de la Orden de San Agustín. Hizo sus votos religiosos en 1962, en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial; allí recibió también su formación teológica y la ordenación sacerdotal, a los 25 años de edad, el 20 de febrero de 1966. El obispo ordenante fue el agustino Mons. Gabino Peral, quien acababa de ser nombrado obispo de Iquitos, una de las misiones emblemáticas de los Agustinos en la Amazonía peruana.

Seguramente no imaginó el obispo que uno de los ordenados sería también un gran misionero en América Latina, aunque en su momento el P. Moisés fue destinado como educador en dos de los colegios regentados en España por los Agustinos. Pero sin duda ya llevaba en su corazón la idea de un servicio pastoral más comprometido y cercano a los más pobres. Idea que fue madurando y que culminó con su ofrecimiento voluntario de trabajar en Tolé (República de Panamá), un Centro misional entre los campesinos e indígenas gnöbe, recién asumido por los Agustinos. Allí trabajó más de cinco años (1973-76 y 1979-80), tras un paréntesis como párroco en Chitré y una breve estadía en Estados Unidos.


 

En vísperas de la Navidad de 1980, cuando se dirigía al centro misional de Llano Ñopo, en plena sierra de Tolé, para una convivencia y celebración bautismal, intentó cruzar el río Tabasará. El caballo se rehusó a entrar en el río, presintiendo sin duda instintivamente el peligro; el P. Moisés lo dejó a la orilla y se dispuso a cruzar el río a nado, como tantas veces había hecho ya. Fue sorprendido por una inesperada y fuerte crecida, que le arrastró a pesar de sus esfuerzos. Su cuerpo, golpeado y sin vida, fue encontrado después de una búsqueda de más de 24 horas, río abajo y a 15 kilómetros de distancia. Con razón puede decirse que el misionero agustino culminó así la entrega de su vida al servicio de los más pobres. Así lo testimoniaron emocionados ellos mismos, en la celebración exequial realizada en Tolé.


Encuentra todo el documento en la edición Nº 174

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