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Sínodo de los obispos para la región Panamazónica



La palabra conversión fue el hilo conductor del Documento final del Sínodo panamazónico, en un texto que fue aprobado, en todos sus puntos, por los padres sinodales. Una conversión en diferentes aspectos: integral, pastoral, cultural, ecológica y sinodal como lo ha resumido el papa Francisco en el discurso de conclusión. El texto es el resultado de un “aprender a caminar” en sinodalidad a través de un intercambio “abierto, libre y respetuoso” que durante tres semanas afrontó los diversos desafíos y la potencialidad de la Amazonía “corazón biológico” del mundo que abarca nueve países y es habitado por más de 33 millones de personas, de los cuales alrededor de 2,5 millones son indígenas. Lamentablemente esta región, que es la segunda área más vulnerable del planeta a causa de los cambios climáticos que se han sucedido y que son provocados por el hombre, lleva un “camino desenfrenado hacia la muerte” y por eso exige urgentemente –lo afirma el Documento– una nueva dirección que permita salvarla, de otra manera habría un impacto catastrófico en todo el planeta.


Capítulo I - Conversión integral

se invita a una conversión integral llevando una vida sencilla y sobria, según el ejemplo de san Francisco de Asís y con un compromiso de relacionarse amorosamente con la “casa común”, obra creadora de Dios. Esta conversión llevará a la Iglesia a estar siempre “en salida” para entrar en el corazón de los pueblos amazónicos. La Amazonía, en efecto, tiene una voz que es un mensaje de vida y se expresa a través de una realidad multiétnica y multicultural, representada en los muchos rostros que la habitan. “Vivir bien” y “hacer bien” es el estilo de vida de los pueblos amazónicos, o sea, vivir en armonía con ellos mismos, con los seres humanos y con el ser supremo, en una única comunicación entre todo el cosmos, para forjar un proyecto de vida plena para todos.

Los dolores de la Amazonía. El grito de la tierra es el grito de los pobres, sin embargo, el texto no calla frente a tantos dolores y las muchas violencias que hoy hieren y deforman la Amazonía, amenazando la vida: la privatización de los bienes naturales, los modelos productivos depredadores, la deforestación que está sobre el 17% de toda la región, la contaminación de las industrias extractoras, el cambio climático, el narcotráfico, el alcoholismo, la trata de personas, la criminalización de los líderes y defensores del territorio, los grupos armados ilegales. Es muy amplia también la amarga página sobre la inmigración que en la Amazonía se da en tres niveles: movilización de los grupos indígenas en territorios tradicionales, desplazamiento forzado de poblaciones indígenas, inmigración internacional y refugiados. Para todos estos grupos es necesaria una pastoral que traspase fronteras y que esté en capacidad de incluir el derecho a la libre circulación. El problema de la migración –dice el Documento– debe ser afrontado de manera coordinada por las Iglesia de la frontera. Un trabajo pastoral permanente se debe pensar también para los migrantes víctimas de la trata de personas. También el Documento pide tener en cuenta el desplazamiento forzado de las familias indígenas a los centros urbanos, subrayando cómo este fenómeno pide una “pastoral de conjunto en las periferias”. Por eso la invitación a crear un equipo misionero que, en coordinación con las parroquias, se ocupen de este aspecto, ofreciendo liturgias inculturadas y favoreciendo la integración de tales comunidades en las ciudades. 


Capítulo II - Conversión pastoral

Un elemento importante del Sínodo es el llamado a la naturaleza misionera de la Iglesia. La misión no es algo facultativo –recuerda el texto– porque la Iglesia en sí misma es misión y la acción misionera es el paradigma de toda la obra de la Iglesia. En la Amazonía la Iglesia debe ser “samaritana”, es decir, ir al encuentro de todos; “magdalena”, o sea, amada y reconciliada para anunciar con gozo a Cristo resucitado; “mariana”, es decir, engendrar hijos para la fe e “inculturada” entre los pueblos a los cuales sirve. Es importante, también, pasar de una pastoral “de visita” a una pastoral de “presencia permanente” y por esto el Documento sinodal sugiere que las Congregaciones religiosas del mundo establezcan al menos un lugar de misión en cualquiera de los países amazónicos.

El sacrificio de los misioneros mártires que han dado la vida por transmitir el Evangelio en la Amazonía no es olvidado por el Sínodo. Al mismo tiempo, el Documento recuerda que el anuncio de Cristo en la región se ha cumplido, a menudo, en convivencia con los poderes opresores de las poblaciones. Por eso, hoy la Iglesia tiene una “oportunidad histórica” de tomar distancias de las nuevas potencias colonizadoras, escuchando a los pueblos amazónicos y ejercitando su actividad profética de manera transparente.  

Diálogo ecuménico e interreligioso. En ese contexto es de gran importancia tener un diálogo tanto ecuménico como interreligioso como “un camino indispensable de evangelización en la Amazonía”. Este debe partir, en un primer momento, de la centralidad de la Palabra de Dios para iniciar caminos reales de comunión. En la parte interreligiosa, en cambio, el Documento anima a un mayor conocimiento de las religiones indígenas y de los cultos afro-descendientes, a fin de que quienes son cristianos o no lo sean, juntos, puedan actuar en defensa de la casa común. Por eso, se proponen momentos de encuentro, estudio y diálogo entre las Iglesias amazónicas y seguidores de las religiones indígenas. 

El Documento también subraya la importancia de una pastoral indígena y de un ministerio juvenil para que ocupen un puesto específico en la Iglesia. Es importante crear o mantener una “opción preferencial por las poblaciones indígenas”, dando un mayor impulso misionero entre las vocaciones autóctonas porque la Amazonía debe ser evangelizada también por los mismos amazónicos. Y se debe dar un espacio también a los jóvenes amazónicos, con sus luces y sombras, que caminan entre la tradición y la innovación, inmersos en una intensa crisis de valores, víctimas de tristes realidades como la pobreza, la violencia, la desocupación, nuevas formas de esclavitud y dificultad de acceso a la enseñanza, y muchos de ellos terminan en la cárcel o en suicidios. Sin embargo, estos jóvenes amazónicos tienen los mismos sueños y esperanzas de otros muchachos en el mundo y en la Iglesia. En particular el Documento sugiere “un renovado y audaz ministerio juvenil”, con una pastoral siempre activa, centrada en Jesús. Los jóvenes, de hecho, quieren ser protagonistas y la Iglesia amazónica quiere reconocerles su espacio. De ahí la invitación a promover nuevas formas de evangelización también a través de los medios de comunicación y ayudar a los jóvenes indígenas a alcanzar una sana interculturalidad.

También el Sínodo tiene una palabra sobre la pastoral urbana y la familia. Sobre todo se detiene a analizar las familias y cómo en las periferias de las ciudades, ellas sufren la pobreza, la desocupación, la falta de vivienda, además de los numerosos problemas de salud. Por tanto, se hace necesario defender los derechos de quienes están en la ciudad para que todos puedan gozar de una justicia social. Es necesario luchar –dice el texto– para que en los barrios marginados se garanticen los derechos fundamentales básicos. Es muy importante allí instituir un ministerio de “acogida” para tener una solidaridad fraterna con los migrantes, los refugiados sin techo que viven en el contexto urbano. En este sentido, una ayuda valiosa llega de las comunidades eclesiales de base que son “un don de Dios a la Iglesias locales de la Amazonía”. Al mismo tiempo, las políticas públicas  están invitadas a mejorar la calidad de vida en las zonas rurales, para evitar la migración del campo a la ciudad. 

 

Capítulo III – Conversión cultural

Inculturación e interculturalidad son instrumentos importantes para alcanzar una conversión cultural que lleve al cristiano al encuentro del otro para aprender de él. Los pueblos amazónicos, de hecho, con su “perfume antiguo” que contrasta con la desesperación que se respira en el continente y con sus valores de reciprocidad, solidaridad y sentido de lo comunitario, ofrecen enseñanzas de vida y una visión integral de la realidad capaz de comprender toda la creación y de garantizar, por tanto, una gestión sostenible. La Iglesia se empeña en ser aliada de las poblaciones indígenas sobre todo para denunciar los ataques perpetrados contra su vida, los proyectos de desarrollo arrasadores de las etnias y del ecosistema y la criminalización de los movimientos sociales que defienden la Amazonía.

Defender la tierra y defender la vida. “La defensa de la tierra no tiene otro fin que la defensa de la vida” afirma el Documento, y se basa en el principio evangélico de la defensa de la dignidad humana. Es necesario, entonces, respetar el derecho a la autodeterminación, a la delimitación de los territorios y a las consultas previas, libres e informadas de los pueblos indígenas. Un punto también se dedica a las poblaciones indígenas en aislamiento voluntario o en aislamiento y contacto inicial que hoy, en la Amazonía llega a casi 130 unidades y a menudo son víctimas de una limpieza étnica: la Iglesia debe emprender dos tipos de acción, una pastoral y otra de “presión” para que los estados tutelen los derechos y la no violación de los territorios de estas poblaciones.

En la óptica de la inculturación o de la encarnación del Evangelio en las culturas indígenas se da un espacio a la teología indígena y a la piedad popular, cuyas expresiones deben ser apreciadas, acompañadas, promovidas y también, en algunos momentos, “purificadas”, pues son momentos privilegiados de evangelización que deben conducir al encuentro con Cristo. El anuncio del Evangelio, de hecho, no es un proceso de destrucción sino de crecimiento y consolidación de aquella “semilla del Verbo” (semina Verbi) que está presente en las culturas. De aquí el rechazo total a una “evangelización al estilo colonialista” y del proselitismo a favor de un anuncio inculturado que promueva una Iglesia con rostro amazónico, con pleno respeto e igualdad con la historia, la cultura y el estilo de vida de las poblaciones locales. A este propósito el Documento sinodal propone que los centros de investigación de la Iglesia estudien y recojan las tradiciones, las lenguas, las creencias y las aspiraciones de los pueblos indígenas, favoreciendo la obra educativa a partir de su misma identidad y cultura. 
Crear una red de comunicación eclesial panamazónica incluso en el campo sanitario como un proyecto educativo que promueva los saberes ancestrales de la medicina tradicional de cada cultura. Al mismo tiempo, la Iglesia se comprometa a ofrecer asistencia sanitaria allá donde los Estados no llegan. 

Muy fuerte también es el llamado a una educación a la solidaridad, basados en la conciencia de un origen común y de un futuro compartido entre todos, como también a una cultura de la comunicación que promueva el diálogo, el encuentro y el cuidado de la “casa común”. 

Específicamente, el texto sinodal sugiere la creación de una Red de comunicaciones eclesial panamazónica; de una red escolástica de educación bilingüe y de nuevas formas de educación a distancia. 


Capítulo IV – Conversión ecológica

Ante una “crisis medio-ambiental sin precedentes”, el Sínodo invoca una Iglesia amazónica con capacidad para promover una ecología integral y una conversión ecológica según la cual “todo está íntimamente conectado”.

La ecología integral: el único camino posible. El augurio es que conociendo “las heridas causadas por el ser humano” al territorio, se busquen “modelos de desarrollo justos y solidarios”. Esto se traduce en una actitud que relacione el cuidado pastoral de la naturaleza con la justicia por los más pobres y desventajados de la tierra. La ecología integral no se debe entender como un camino más que la Iglesia puede escoger para el futuro, sino como el único camino posible para salvar las regiones de la extracción depredadora, del derramamiento de sangre inocente y de la criminalización de los defensores de la Amazonía. La Iglesia en cuanto parte de una “solidaridad universal” favorezca el rol central del bioma amazónico para el equilibrio del planeta y motive a la comunidad internacional a buscar nuevos recursos económicos para su cuidado, reforzando los instrumentos de la convención marco sobre el cambio climático.

Defensa de los derechos humanos y exigencia de la fe. Defender y promover los derechos humanos, además de ser un deber político es un compromiso social, es una exigencia de la fe. Ante este deber cristiano el Documento denuncia la violación de los derechos humanos y la destrucción extractiva; asume y sostiene, también en alianza con otras iglesias, las campañas de baja inversión de las compañías extractoras que causan daños socio ecológicos en la Amazonía; propone una transición energética radical y la búsqueda de alternativas; propone además el desarrollo de programas de formación para el cuidado de la “casa común”. A los estados se les pide dejar de considerar la región como una despensa inagotable, mientras se desea un “nuevo paradigma de desarrollo sostenible” que sea socialmente incluyente y que combine conocimientos científicos y tradicionales. Los criterios comerciales, es la recomendación, no estén por encima de los criterios ambientales y de los derechos humanos. 

Una Iglesia aliada de las comunidades amazónicas. El llamado a la responsabilidad: todos estamos llamados a custodiar la obra de Dios. Protagonistas del cuidado, protección y defensa de los pueblos son las mismas comunidades amazónicas. La Iglesia es su aliada, camina con ellos, sin imponer una manera particular para actuar, reconociendo la sabiduría de los pueblos sobre la biodiversidad contra toda forma de biopiratería. Se pide que los agentes pastorales y los ministros ordenados sean formados en esta sensibilidad socio-ambiental sobre el ejemplo de los mártires de la Amazonía. La idea es la de crear ministerios para el cuidado de la casa común.

El Documento también insiste en el empeño de la Iglesia por la defensa de la vida “desde su concepción hasta su tramonto” y en la promoción del diálogo, intercultural y ecuménico, con el fin de contrarrestar las culturas de muerte, pecado, violencia e injusticia. Conversión ecológica y defensa de la vida en la Amazonía se traducen para la Iglesia en una llamada a “desaprender, aprender y volver a aprender para superar de esa manera cualquier tendencia a asumir medios colonizadores que han causado daños en el pasado”.

Pecado ecológico y derecho al agua potable. Propuesta la definición de “pecado ecológico” como una “acción u omisión contra Dios, el prójimo, la comunidad, el ambiente” a las futuras generaciones y a la virtud de la justicia. Con el fin de reparar la deuda ecológica que los países tienen con la Amazonía se sugiere la creación de un fondo mundial para las comunidades amazónicas, y de esta manera protegerlos del deseo depredador de las compañías nacionales y multinacionales. El Sínodo hace “urgente la necesidad de desarrollar políticas energéticas que reduzcan drásticamente las emisión de dióxido de carbono (CO2) y de otros gases relacionados con el cambio climático”, promueve las energías limpias y llama la atención sobre el acceso al agua potable, derecho humano básico y condición para el ejercicio de los otros derechos humanos. Proteger la tierra significa favorecer el reciclaje y la reutilización de materiales, reducir el uso de combustibles fósiles y del plástico, modificar hábitos alimentarios como el consumo excesivo de pez y carne, adoptar estilos de vida sobrios, plantar árboles. En esta óptica se inserta la propuesta de un Observatorio Socio Pastoral Amazónico que trabaje en sinergia con el Celam, la Clar, Caritas, Repam, episcopados, iglesias locales, universidades católicas y actores no eclesiales. Se propone también la creación, al interior del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, de una oficina para la Amazonía. 


Capítulo V – Nuevos caminos de conversión sinodal

Superar el clericalismo y las imposiciones arbitrarias, reforzar una cultura del diálogo, de la escucha y del discernimiento espiritual, responder a los desafíos pastorales. Son estas las características sobre las cuales debe fundarse una conversión sinodal a la cual la Iglesia es llamada para avanzar en armonía, bajo el impulso del Espíritu vivificante y con audacia evangélica. 

Sinodalidad, ministerialidad, rol activo de los laicos y la vida consagrada
El desafío es interpretar a la luz del Espíritu Santo los signos de los tiempos e individuar el camino a seguir al servicio del designio de Dios. Las formas y el ejercicio de la sinodalidad son varias y deberán ser descentralizadas, atentas a los procesos locales, sin debilitar la relación con la Iglesias hermanas y con la Iglesia universal. Sinodalidad se traduce, en continuidad con el concilio Vaticano II, en corresponsabilidad y minsiterialidad de todos, participando los laicos, hombres y mujeres, considerados “actores privilegiados”. La participación del laicado, tanto en la consulta como en la toma de decisiones en la vida y misión de la Iglesia –explica el Documento final– se debe reforzar y ampliar a partir de la promoción y del otorgamiento de “ministerios a hombres y mujeres en modo equitativo”. Evitando personalismos, quizás con encargos que se puedan rotar, “el obispo puede confiar, con un mandato por un período determinado, en ausencia de sacerdotes, el ejercicio del cuidado pastoral de una comunidad a una persona que no está investida del carácter sacerdotal y que sea miembro de la misma comunidad”. La responsabilidad de esta última, se especifica, quedará a cargo del sacerdote. El Sínodo apuesta, después, por una vida consagrada con rostro amazónico, a partir de un reforzamiento de las vocaciones autóctonas: entre las propuestas se subraya el caminar junto a los pobres y excluidos. Se pide, además, que la formación se centre sobre la interculturalidad, la inculturación y el diálogo entre la espiritualidad y la cosmovisión amazónica. 
La hora de la mujer
Un amplio espacio se dedica en el Documento a la presencia y a la hora de la mujer. Como sugiere la sabiduría de los pueblos ancestrales, la madre tierra tiene un rostro femenino y en el mundo indígena las mujeres son “una presencia viviente y responsable de la promoción humana”. El Sínodo pide que la voz de la mujer sea escuchada, que sean consultadas, participen de manera más incisiva en la toma de decisiones, contribuyan a la sinodalidad eclesial, asuman con mayor fuerza su liderazgo al interior de la Iglesia, en los consejos pastorales o “también en las instancias del gobierno”. Protagonistas y custodios de la creación y de la casa común, las mujeres son a menudo “víctimas de violencia física, moral y religiosa, incluido el feminicidio”. El texto reafirma el compromiso de la Iglesia en defensa de sus derechos, especialmente en cuanto tiene que ver con las mujeres migrantes.