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Los jóvenes, el gran tesoro de la iglesia



Algunas claves para vivir la experiencia de acompañamiento a los jóvenes

Hace ya muchos siglos, específicamente en el siglo III d.C., el gran san Lorenzo (diácono y mártir) dijo muy sabiamente: “Los pobres son el tesoro de la Iglesia”. Sucedió que cuando el alcalde de Roma le pidió que le entregara todas las riquezas de la Iglesia, Lorenzo entonces, le pidió tres días para poder recolectarlas y en ese lapso de tiempo fue invitando a todos los pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos y leprosos que él ayudaba. Al tercer día, compareció ante el prefecto y le presentó a éste los pobres y enfermos que él mismo había congregado y le dijo que esos eran los verdaderos tesoros de la Iglesia.

Hoy podemos decir, ensanchando más la vivencia de san Lorenzo: que los jóvenes son también el tesoro de la Iglesia. Pues, en ellos, radica una verdadera “pobreza de espíritu” de evangélica memoria. La juventud es en definitiva la edad de la “espera”, del “deseo”, de la búsqueda de los grandes “ideales”. Es el período de la vida en donde uno busca aprender y aflora el deseo de amar y de ser amado.

Sin embargo, la juventud va más allá de nuestra edad, es más una actitud o algo que llevamos dentro. Con frecuencia vemos muchos adultos que tienen una frescura juvenil, unas ganas de vivir, una mirada de la realidad positiva y real. Y algunas veces encontramos ciertos jóvenes pesimistas, con actitudes de personas que no tienen nada más para soñar en la vida. La juventud es ante todo una actitud del corazón, siempre está allí. La poetisa italiana Ada Negri describe bellamente esto en una de sus más hermosas poesías: “Mi juventud: no te he perdido, te quedaste, estás, en el fondo del ser, eres, otra eres, más bella”1 . Qué gran mujer ésta, a los setenta años podía decirle a su juventud: “Todavía tienes esta edad, oh mi juventud, pero eres más hermosa; eres tú, más bella”. En otras palabras, has crecido, has madurado, eres más bella. Esta frase de la poesía nos ilumina más acerca de lo que en realidad es la juventud. Está en el corazón: que anhela belleza, bondad y verdad. Que en definitiva desea a Cristo.

La experiencia de vida que se tiene en Panamá, a partir del gran evento de la Jornada Mundial de la Juventud que se ha tenido junto al Papa, debe ser un gran acontecimiento que ha de dejar muchos frutos, vivencias y un verdadero encuentro con Cristo; pero a todo esto es preciso darle una continuidad en nuestras vidas.

Por esto, se hace necesario un verdadero acompañamiento a los jóvenes en la Iglesia, pues se trata de alimentar un camino de discipulado cristiano que debe seguir en las comunidades eclesiales a las que ellos pertenecen y esta debe ser una propuesta fuerte que se debe hacer a los muchachos. Y no cualquier propuesta: es un modo de vida. Así lo expresó el papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud del Domingo de Ramos del 2017: “Lo que deseo es que ustedes, jóvenes, caminen no solo haciendo memoria del pasado, sino también con valentía en el presente y esperanza en el futuro”2 . Esta es una frase que implica un compromiso enorme, Francisco utiliza un verbo que implica movimiento corporal “caminar”, “deseo que caminen”. Su deseo es, en definitiva, que los jóvenes vivan, que reciban una verdadera educación para vivir la vida, no desde lo instintivo, o desde lo que está de moda o lo que el poder y la sociedad dominante sugieren, sino caminar, vivir al estilo de Cristo, con libertad.

Quisiera compartirles mi experiencia de cómo he sido educado en mi juventud. Ha sido un camino bello, lleno de experiencias, de encuentros, de padres que me acompañaron, de juicio, de estudio y de amistad.

Me pregunto: ¿Cómo educar para vivir en la libertad? ¿Cómo educar para que los jóvenes caminen según una propuesta verdaderamente cristiana? En mi experiencia, esto ha coincidido con dos grandes acontecimientos: tener “padres” a quienes seguir y una educación en la acción. Por un lado, la juventud coincide también con la búsqueda del Padre. Esto implica el perdón al padre biológico, tantas heridas que se tienen. Todos hemos pasado por eso y es necesario dicho perdón para crecer y para amar. La búsqueda de “padres”, es decir, personas que nos generen, que nos hagan crecer, que nos guíen, quenos acompañen es fundamental. A veces esta figura coincide con un sacerdote o un catequista o amistades, pero siempre es necesario tener un punto de referencia para vivir, para caminar. Nadie crece solo, todos necesitamos de un Padre. Los jóvenes están hambrientos de figuras paternas, más allá de los padres biológicos.

Encuentra todo el documento en la edición Nº 173 

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