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"He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra”



La obra lucana (Lc-Hch) está dedicada a un misterioso personaje, que Lucas llama “ilustre Teófilo” (Lc 1, 3-4), o simplemente Teófilo (Hch 1, 1-2). No es necesario dudar de su realidad histórica. Posiblemente se trataba de un protector de Lucas. Pero también es verosímil que de este modo se aluda a todo oyente de esta obra, cuyo tenor lo invita a sentirse “amado y bendecido por Dios”, según la etimología del nombre “Teófilo”. Por ejemplo, en la Introducción a la vida devota, san Francisco de Sales se dirige a una lectora llamada “Filotea”, es decir, el alma “amada y bendecida por Dios”.

Y es que no se puede escuchar esta obra sin sentirse destinatario especial de la misericordia de Dios, que exige nuestra respuesta personal. Dios quiere que su misericordia llegue a todos los hombres. Podría hacerlo valiéndose exclusivamente de su omnipotencia, pero quiere involucrar a la creatura en su designio salvífico; por eso envía al ángel Gabriel, primero a Zacarías, para anunciarle el nacimiento de un hijo como precursor del Señor, cuyo nombre sería Juan, que significa “Yahvé es favorable”; luego, a una virgen, llamada María, para anunciarle el nacimiento de su hijo Jesús, cuyo nombre significa “Dios salva”.

Zacarías responde con vacilación y pide un signo. No acaba de convencerse de la tardía fecundidad de dos ancianos y olvida que para Dios nada es imposible. Por eso queda mudo. María, en cambio, le cree a Dios, que es grande y fuerte, como lo expresa el nombre del mensajero, y se entrega sin reserva a colaborar con el designio de Dios: “He aquí la esclava (doule) del Señor, hágase en mí según tu Palabra”.

La respuesta de María se coloca al inicio de la obra lucana para que todos los que escuchen el llamado a colaborar en el designio de Dios se sientan, como ella, amados y bendecidos por Dios, y acepten servir con alegría y abnegación a Dios “que se ha fijado en la pequeñez de su esclava (doule), y ha querido hacer obras grandes por mí” (Lc 1, 48-49).

En el resto de la obra lucana se muestra cómo el Señor sigue llamando a otros, con idéntico propósito, y sus respuestas incondicionales se resumen diciendo que “dejadas todas las cosas lo siguieron” (Lc 5, 11; 28).

El anuncio de Gabriel a María es una clara invitación a convertirse en la discípula y colaboradora principal del Señor en su misión redentora; la pone en una encrucijada semejante a la de Abrahán, cuando Dios lo invita a abandonar tierra y parentela, en búsqueda de mejores horizontes. Y Abrahán tiene el mérito de creer en la palabra de Dios (Gn 12 y 15). La fe, pues, viene por el escuchar, como nos recuerda san Pablo (Rm 10,17).

Evangelizada por el ángel Gabriel, María acoge libremente la Palabra en su mente y en su corazón, antes de concebirla en sus purísimas entrañas. Y responde entonces que está dispuesta a asumir el riesgo del éxodo de su seguridad humana para correr la aventura de creerle a Dios, que no la va a abandonar, frente a la maledicencia de los hombres por su repentino embarazo, sin la formalidad de un matrimonio, o el abandono de su prometido por idéntica razón. No se entrega con desgano a cumplir su parte en el designio salvífico de Dios. Su maternidad no es impuesta, ni accidental, sino gozosa y radicalmente aceptada. No solo acepta ser la sierva del Señor sino su humilde esclava.



Que nadie piense que el sí de María fue un sí fácil, ni aislado, sino que tuvo que reiterarlo con mayor pujanza conforme aumentaban las exigencias del Señor y su crecimiento en la vida de la fe. Pues si es verdad que el Señor lo da todo, también lo pide todo. A Abrahán le pidió que le entregara su pasado como pagano próspero y retrasó el nacimiento de Isaac, primicia de la promesa de prole abundante. En algún momento, Abrahán temió que lo heredaría su sirviente Eliécer. Además Ismael, hijo de la esclava Agar, nace antes que Isaac. Finalmente, Dios le pide a Abrahán el sacrificio de Isaac, para ver si éste valoraba más el don que al dador. Abrahán sa - le airoso en todas estas pruebas y se acredita como modelo del creyente: ha crecido y madurado en el sí dado a Dios.

A María también le toca afrontar difíciles pruebas que la ayudan a madurar en la fe, por ejemplo cuan - do Simeón le anuncia que una espada le atravesará el alma (Lc 2, 35); o en la enigmática respuesta de su hijo perdido y hallado en Jerusalén: “Debo estar en las cosas o en la casa de mi Padre” (Lc 2, 49); o ante la persecución de Herodes; o al tener que aceptar que el parentesco principal con Jesús consiste en la fe y en la obediencia a la Palabra de Dios más que en la carne y en la sangre (Lc 8, 21).

Gracias a este asentimiento ascendente y habitual de María, ha llegado a nosotros la bendición de Dios, que ha querido bendecirnos en Cristo con toda clase de bendición espiritual y celestial: en Él nos ha elegido antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en el amor. Y en Él nos ha dado la reconciliación y la condición de hijos suyos adoptivos (Ef 1, 3-10).

Evangelizada por Gabriel, María se convierte en la reina de los evangelizadores, pues comparte con to - dos la alegría del Evangelio. Visita a su prima Isabel, que se llena de gozo, junto al fruto de sus entrañas, y la saluda como bendita entre todas las mujeres y bienaventurada por creer que fiel es Dios para cum - plir todo lo que le ha prometido (Lc 1, 42 y 45). Y en esta atmósfera de júbilo, María entona su canto de alabanza (Lc 1, 46-55), que evoca el Cántico de Ana (1S 2, 1-10 y el Sal 113) donde se alaba a Dios, porque “levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para sentarlo con los príncipes, los prínci - pes de su pueblo; (y) a la estéril le da un puesto en la casa como madre feliz de hijos” (vv. 7-9). María ala - ba a Dios, porque ha querido fijarse en la humildad (tapeinosin) de su esclava (doules) para realizar así su máximo abatimiento para la suprema elevación del hombre: la encarnación del Verbo. Esto hace de María “madre de hijos en la casa de Cristo la Iglesia”.

Aunque después del “evangelio de la infancia” esca - sean las referencias explícitas a María, Hch 1, 14 nos informa que “los apóstoles perseveraban en la ora - ción en un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, y de María la madre de Jesús y sus herma - nos”, mientras aguardaban el “don de lo alto”.

De aquí colegimos el abatimiento de María, la esclava humilde y pobre del Señor, que lo sigue en la vida oculta de Nazaret y también durante su ministerio y su pasión, muerte y resurrección, como simple discípula, sin hacer alarde de su maternidad divina sino con el gozo de quien sirve al Señor por la fe. Su alegría se asimila a la de Jerusalén porque a ella la llena de gracia (Kejaritomene) se la invita al júbilo (Jaire), precisamente porque su Dios y poderoso defensor está con ella (So 3,16-18; Lc 1, 28-38). En su día, María morirá como todos los mortales y el mismo Hijo de Dios, pero no experimentará la corrupción del sepulcro. Se dormirá en el tiempo y despertará en la eternidad. Por su fe y obediencia de esclava, Dios la exaltó a la gloria como reina y madre de todo lo creado. Reina precisamente por haber sabido ser esclava. Así como su Hijo es Señor y Mesías por su obediencia de Siervo. En efecto: “Cristo, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así presentándose como simple hombre se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz. Por eso, Dios lo encumbró sobre todo y le concedió el título que sobrepasa todo título; de modo que a ese título de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame que Jesús el Mesías es Señor para gloria de Dios” (Flp 2, 6-11). Por eso la solemnidad de la Ascensión o glorificación del humilde siervo de Dios es el arquetipo de la solemnidad de la Asunción o glorificación de María, la humilde esclava del Señor. En efecto, Jesucristo es constituido Señor y Mesías por su obediencia y fidelidad a su vocación de siervo del Señor (Flp 2, 9-11). Por idéntica razón, María es arrebatada a la gloria del cielo, sin experimentar la corrupción del sepulcro. Hijo y madre nos invitan a seguirlos por el mismo camino, porque “la Ascensión de Jesucristo… es ya nuestra victoria, y Él… cabeza de la Iglesia, nos ha precedido en la gloria a la que somos llamados como miembros de su cuerpo” (cf. Oración colecta de la Ascensión del Señor). Allí lo ha seguido la Virgen, Madre de Dios, llevada al cielo, figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. Ella es consuelo y esperanza del pueblo de Dios todavía peregrino en la tierra (cf. del prefacio de la Asunción de María).


Por: Mons. Oscar Mario Brown Obispo Emérito de Santiago de Veraguas

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